Sólo diré que nací­ hace casi treinta años en un pueblo donde nunca pasaba nada.
Excepto el tiempo.
El tiempo inexorable se vertí­a pesado sobre las callejuelas y sobre las cabezas,
moliendo dí­as y párpados en una ciudad sitiada por el mar.
Y esa misma inmovilidad de pescado iba pegada de los andares,
colgada de las fachadas desvencijadas y los escalones mordidos
por la erosión de cientos de miles de zapatazos y cagarrutas de paloma,
esa calma tensa de las plazas los domingos: la del suicida segundos antes de precipitarse al vací­o,
la del océ©ano antes del maremoto.
La terquedad del tiempo, de la repetición espasmódica de cada tic en cada tac,
sesenta veces por minuto, setenta y nueve mil cuatrocientas cuarenta veces en una hora,
el vuelo borracho de las moscas en verano eran una invitación a la huida, a la fantasí­a o a la locura:
sacudirse la realidad o acaso ser un poco más idiota, llenarse los bolsillos de estupidez.
Yo escogí­ desde muy temprano la primera ví­a.

10/22/2006

Si alguna palabra se adivina en mi mente al recordar mi ciudad natal, esa palabra es ‘deterioro’: un deterioro de proporciones gigantescas, prolongado, casi eterno, porque la ciudad fue siempre vieja, como las piedras, como el tiempo, como mi abuela.

Quizás ahora mi abuela me peine frente al espejo, aplastándome el pelo con litros de colonia Nenuco. Divide la cabellera en dos porciones desiguales. Mientras sujeta mi cabeza – “verás que guapo” – se inclina, desaparece por la parte izquierda del espejo. Un segundo. Aquí está de nuevo esgrimiendo el peine metálico. Me araña el cuero cabelludo una, dos, tres veces estirando, perfilando la maldita raya, el atroz flequillo: como si la rectitud de carácter se filtrase desde la simetría capilar!. De nuevo tirón-arañazo-escalofrío-tirón, la colonia gotea tras mis orejas, una mosca. Sangre. Tal vez sangre.
Me miro al espejo: la misma cara de idiota ahora repeinado, y mi abuela que sonríe satisfecha. El vapor perfumado golpea mis narices.
“Venga, al cole”. Salir a la calle. Exponerme. Miedo.

Cruzo el umbral y la puerta verde se cierra tras de mí. Todo en mi cabeza se oscurece. Subo los escalones que conducen a la calle desde el jardín. Uno, dos, tres cuatro escalones, cuatro por ocho treinta y dos ya veo la calle, cinco, seis, siete escalones miro al suelo no mires miro al suelo.
Salgo a la calle contando adoquines y quisiera estar en Júpiter. El movimiento se oxida. De repente estoy en Júpiter: mi cuerpo camina hueco tambaleándose por el peso de la mochilita, sin embargo yo estoy en Júpiter. “Nunca llevo reloj”. Cuento adoquines y arrastro los pies. Júpiter. Es agradable estar de nuevo en casa. Entonces, creo que llego al colegio.
Estoy de vuelta. Le muestro a I. el manuscrito. ”Has entendido algo?”. Bien, eso es bueno. Doy un trago a la cerveza, mientras me doy cuenta de que nunca acabaré de escribirlo.
A veces araño palabras
Y me duelen.
A veces despierto de signos
Y ya sólo soy.

10/01/2006

Palabras I

A dónde me conduciría esta historia?



Cómo sobrevivir al pretérito imperfecto sin un plan predefinido?. Cómo conjugar los días que gotean matando este infinito despropósito y proyectar el devenir hacia aguas más claras sin caer por el filo de la palabra?. Cómo detener esta hipertrofia congénita de la fantasía, esa tendencia a ver gigantes donde sólo hay viento, metáforas donde sólo hay mariposas?
Si tan sólo fuera posible secuestrar al conejo de Alicia: reptar hasta el fondo de la madriguera y arrancarle la traquea al cobarde. Cómo, en todo caso, no ser un bastardo existencialista: “dónde está el mando a distancia de Dios?”.
Stop. Rewind. Cruzo el umbral y la puerta verde se cierra tras de mí.

8/31/2006

Intro


Sólo diré que nací hace casi treinta años en un pueblo donde nunca pasaba nada. Excepto el tiempo. El tiempo inexorable se vertía pesado sobre las callejuelas y sobre las cabezas, moliendo días y párpados en una ciudad sitiada por el mar. Y esa misma inmovilidad de pescado iba pegada de los andares, colgada de las fachadas desvencijadas y los escalones mordidos por la erosión de cientos de miles de zapatazos y cagarrutas de paloma, esa calma tensa de las plazas los domingos: la del suicida segundos antes de precipitarse al vacío, la del océano antes del maremoto.

La terquedad del tiempo, de la repetición espasmódica de cada tic en cada tac, sesenta veces por minuto, setenta y nueve mil cuatrocientas cuarenta veces en una hora, el vuelo borracho de las moscas en verano eran una invitación a la huida, a la fantasía o a la locura: sacudirse la realidad o acaso ser un poco más idiota, llenarse los bolsillos de estupidez.

Yo escogí desde muy temprano la primera vía.