Si alguna palabra se adivina en mi mente al recordar mi ciudad natal, esa palabra es ‘deterioro’: un deterioro de proporciones gigantescas, prolongado, casi eterno, porque la ciudad fue siempre vieja, como las piedras, como el tiempo, como mi abuela.
Quizás ahora mi abuela me peine frente al espejo, aplastándome el pelo con litros de colonia Nenuco. Divide la cabellera en dos porciones desiguales. Mientras sujeta mi cabeza – “verás que guapo” – se inclina, desaparece por la parte izquierda del espejo. Un segundo. Aquí está de nuevo esgrimiendo el peine metálico. Me araña el cuero cabelludo una, dos, tres veces estirando, perfilando la maldita raya, el atroz flequillo: como si la rectitud de carácter se filtrase desde la simetría capilar!. De nuevo tirón-arañazo-escalofrío-tirón, la colonia gotea tras mis orejas, una mosca. Sangre. Tal vez sangre.
Me miro al espejo: la misma cara de idiota ahora repeinado, y mi abuela que sonríe satisfecha. El vapor perfumado golpea mis narices.
“Venga, al cole”. Salir a la calle. Exponerme. Miedo.
Cruzo el umbral y la puerta verde se cierra tras de mí. Todo en mi cabeza se oscurece. Subo los escalones que conducen a la calle desde el jardín. Uno, dos, tres cuatro escalones, cuatro por ocho treinta y dos ya veo la calle, cinco, seis, siete escalones miro al suelo no mires miro al suelo.
Salgo a la calle contando adoquines y quisiera estar en Júpiter. El movimiento se oxida. De repente estoy en Júpiter: mi cuerpo camina hueco tambaleándose por el peso de la mochilita, sin embargo yo estoy en Júpiter. “Nunca llevo reloj”. Cuento adoquines y arrastro los pies. Júpiter. Es agradable estar de nuevo en casa. Entonces, creo que llego al colegio.
Quizás ahora mi abuela me peine frente al espejo, aplastándome el pelo con litros de colonia Nenuco. Divide la cabellera en dos porciones desiguales. Mientras sujeta mi cabeza – “verás que guapo” – se inclina, desaparece por la parte izquierda del espejo. Un segundo. Aquí está de nuevo esgrimiendo el peine metálico. Me araña el cuero cabelludo una, dos, tres veces estirando, perfilando la maldita raya, el atroz flequillo: como si la rectitud de carácter se filtrase desde la simetría capilar!. De nuevo tirón-arañazo-escalofrío-tirón, la colonia gotea tras mis orejas, una mosca. Sangre. Tal vez sangre.
Me miro al espejo: la misma cara de idiota ahora repeinado, y mi abuela que sonríe satisfecha. El vapor perfumado golpea mis narices.
“Venga, al cole”. Salir a la calle. Exponerme. Miedo.
Cruzo el umbral y la puerta verde se cierra tras de mí. Todo en mi cabeza se oscurece. Subo los escalones que conducen a la calle desde el jardín. Uno, dos, tres cuatro escalones, cuatro por ocho treinta y dos ya veo la calle, cinco, seis, siete escalones miro al suelo no mires miro al suelo.
Salgo a la calle contando adoquines y quisiera estar en Júpiter. El movimiento se oxida. De repente estoy en Júpiter: mi cuerpo camina hueco tambaleándose por el peso de la mochilita, sin embargo yo estoy en Júpiter. “Nunca llevo reloj”. Cuento adoquines y arrastro los pies. Júpiter. Es agradable estar de nuevo en casa. Entonces, creo que llego al colegio.
Estoy de vuelta. Le muestro a I. el manuscrito. ”Has entendido algo?”. Bien, eso es bueno. Doy un trago a la cerveza, mientras me doy cuenta de que nunca acabaré de escribirlo.
A veces araño palabras
Y me duelen.
A veces despierto de signos
Y ya sólo soy.
Y me duelen.
A veces despierto de signos
Y ya sólo soy.
